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Los Pumas dan golpe de autoridad en el Azteca y eliminan a las Águilas


Ciudad de México. Pumas creció como si hubiera esperado todo un torneo para dar el zarpazo decisivo. Con solvencia devastó al superlíder América para eliminarlo al vencer 3-1 en el estadio Azteca en la vuelta de los cuartos de final del torneo Apertura 2021. Los universitarios avanzaron con legi-timidad a las semifinales.


Fue el pago mínimo por la deuda que dejaron ambos equipos tras el primer partido insultante en lo desabrido y gris en el empate sin goles. Desde el primer momento América salió con la voluntad de demostrar que en su casa ellos ponen las condiciones. La vocación ofensiva, la calentura del ataque, contrastaba con el aire frío de la noche en Santa Úrsula.


Y la presión americanista no se tradujo en goles por la vía del juego y el ingenio con la pelota, un derribo de Roger Martínez, quien robó el balón y sin perder tiempo salió endemoniado rumbo al área. Erik Lira buscó detenerlo y dejó la pierna estirada como estorbo, un regalo que el delantero del América no pensaba desperdiciar, pues apenas sintió el bulto cayó como si lo hubiera fulminado un rayo.


El árbitro silbó la pena máxima sin titubeos. El responsable para cobrarlo fue ese francotirador infalible que es Emanuel Aguilera. El gol cayó a los 10 minutos.


Y la lucha se volvió más vertiginosa. Pumas estaba herido no sólo en el marcador, sino todavía más en el orgullo. El equipo empezó a hacer sentir eso que llaman garra, pero que es un ansia incontenible por defender el honor.


Se sentía como un aura eléctrica o algo que erizaba los pelos de la nuca. Y ese coraje tuvo sus momentos que rayaron en el absurdo. Juan Dinenno llegó decidido a un remate de córner y asestó un cabezazo que estrelló la pelota en el travesaño. El balón regresó al manchón penal y el mismo rematador la devolvió de otro testarazo y de nuevo el larguero jugó para Las Águilas. El portero Memo Ochoa se quedó tieso en ambos amagos, helado, mirando incrédulo que esa noche tuviera tanta suerte.


Pero la buena fortuna se terminó cuando Alan Mozo, desde una banda, buscaba a sus compañeros para el remate. Vio a Washington Corozo y la envió, a saber si fue un centro que tomó demasiado efecto o un verdadero prodigio de toque, pero la pelota se fue directo a la red para dar el empate a los Pumas a los 28 minutos.


Después del gol de Mozo, los universitarios empezaron a soltarse, a mostrar mayor personalidad en la cancha. De nuevo, esa mancuerna fue letal: Mozo se encarreró y desde el costado derecho sirvió el esférico en un ataque relámpago, y esta vez Corozo llegó a tiempo para conectar un frentazo que les dio el segundo gol a Pumas.


Esa tensión y vigor no desapareció. No hubo desperdicio en la primera parte del encuentro y con las pulsaciones aceleradas se marcharon al vestidor, para apaciguar un poco tantas revoluciones y para pensar mejor ahora cómo resolver el partido.


De regreso a la cancha sólo hubo unos minutos de sosiego, porque pronto volvió a subir el ritmo de dos equipos que sabían que ayer se jugaban todo. Salvar una temporada, darle sentido a un torneo. Y la ansiedad llevó al América a buscar todos los recursos para el empate, uno de ellos una chilena desesperada de Henry Martín que mandó el balón dentro de la portería, sin embargo había un fuera de lugar que invalidó la anotación. La jugada y la solución merecían más.


El universitario Sebastián Saucedo, en respuesta, intentó un disparo exquisito, en el borde del área, pero el tiro se fue desviado y el jugador auriazul sólo hizo rictus de dolor. Un tiro preciosista que se falla duele en el cuerpo y el alma.


Cuando el tiempo se agotaba la presión sacó lo mejor de las Águilas. Pero Pumas estaba bien plantado y no claudicaba en el ataque, que mantuvo activo a Ochoa. El empate merodeaba el marcador.


Una amenaza que no llegó porque los Pumas volvieron a enseñar la garra y los colmillos. Otra vez Alan Mozo en su versión más canchera y recargada. Viendo jugadas en su mente clarividente antes de que ocurrieran, intuyendo llegadas de compañeros de ataque. Mandó un centro exacto a media altura, que Higor Meritao prendió con la frente con la precisión de una coreografía. El tercer gol de Pumas a los 81 fue una proeza y les aseguró su lugar en las semifinales.

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